San Bernardo de Claraval
Fundador y primer abad del monasterio de Clairvaux (Claraval), y doctor de la Iglesia.

¿Por qué le llamaban a San Bernardo de Claraval "El Doctor boca de miel" (doctor melífluo)?
Por la dulzura con que hablaba y la pasión por Jesús y María que se derramaba en sus palabras.
¿Cuál era su secreto?
Poseía inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas lo consumía.
Empleaba horas y horas para escribir sus sermones, no le importaba releerlos una y otra vez; luego oraba mucho y hacía penitencia para llegar al corazón de sus oyentes. Ese era el secreto de que sus palabras tuvieran un efecto fulminante en los oyentes.
La conversión de Bernardo fue fulminante.
Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado.
Toda su familia se opuso a su decisión. Los amigos le decían que eso era desperdiciar una gran personalidad para ir a sepultarse vivo en un convento.
Pero Bernardo les habló tan maravillosamente de las ventajas y cualidades que tiene la vida religiosa, que logró llevarse al convento a sus cuatro hermanos mayores, a su tío y 31 compañeros. Dicen que cuando llamaron a Nirvardo el hermano menor para anunciarle que se iban de religiosos, el muchacho les respondió: "¡Ajá! ¿Con que ustedes se van a ganarse el cielo, y a mí me dejan aquí en la tierra? Esto no lo puedo aceptar". Y un tiempo después, también él se fue de religioso.
Bernardo tenía un extraordinario carisma para atraer a todos para Cristo. Quien lo escuchaba era invadido por un impulso fortísimo de conversión de vida. En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande.
A tal punto llega su fama para convertir a las almas e inducirlas a la vida consagradas que dicen que las muchachas tenían terror de que su novio hablara con el santo.
Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban "el cazador de almas y vocaciones". Con su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa.
En el convento del Cister demostró tales cualidades de líder y de santo, que a los 25 años (con sólo tres de religioso) fue enviado como superior a fundar un nuevo convento. Escogió un sitio apartado en el bosque donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente para poder cosechar algo, y le puso el nombre de Claraval, que significa valle claro, ya que allí el sol ilumina fuerte todo el día. Supo infundir del tal manera fervor y entusiasmo a sus religiosos de Claraval, que habiendo comenzado con sólo 20 compañeros a los pocos años tenía 130 religiosos; de este convento de Claraval salieron monjes a fundar otros 63 conventos.
Él fue quien compuso aquellas últimas palabras de la Salve:
"Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María".
Y repetía con frecuencia la bella oración que dice:
"Acuérdate oh Madre Santa,
que jamás se oyó decir,
que alguno a Ti haya acudido,
sin tu auxilio recibir".
El pueblo vibraba de emoción cuando le oía clamar desde el púlpito
con su voz sonora e impresionante:
¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!.
Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María.
Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María.
"Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.
Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.
En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.
No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara.
El 20 de agosto es su fiesta

|