Una vida de entrega
a los “hermanos más pequeños”

Teresa de Calcuta

La Madre Teresa era albanesa de nacimiento.

A los 18 años de edad, ingresó a la Orden de las Hermanas de Nuestra Señora de Loreto, donde enseñó por 20 años en un colegio en Calcuta, India.

En 1946, recibió otro llamado de Dios: el servicio hacia los más pobres.

Fundó la congregación Misioneras de la Caridad.

En pocos años, alrededor de todo el mundo, se abrieron centros para atender leprosos, ancianos, ciegos y personas que padecen del sida. También escuelas y orfanatos para los pobres y niños abandonados.

Recibió el Nobel de la paz.

Fue beatificada el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II.

Teresa

 

Hizo vida las palabras de Jesús:

Porque tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber,
fui emigrante y me acogisteis,
estuve desnudo y me vestisteis,
enfermo y me visitasteis,
preso y fuisteis a estar conmigo.

Entonces los justos le responderán: Señor,
¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos,
sediento y te dimos de beber?
¿Y cuándo te vimos emigrante y te acogimos,
o desnudo y te vestimos?

¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá:
Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos
mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

Mateo 25, 34-40

Juan Pablo II en la homilía de beatificación de la Madre Teresa dijo:

“Os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

Este pasaje evangélico, tan fundamental para comprender el servicio de la madre Teresa a los pobres, fue la base de su convicción llena de fe de que al tocar los cuerpos quebrantados de los pobres, estaba tocando el cuerpo de Cristo.
A Jesús mismo, oculto bajo el rostro doloroso del más pobre de entre los pobres, se dirigió su servicio.

La madre Teresa pone de relieve el significado más profundo del servicio: un acto de amor hecho por los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los prisioneros (cf. Mt 25, 34-36), es un acto de amor hecho a Jesús mismo.

Toda la existencia de la madre Teresa fue un himno a la vida. Hace falta también hoy “devolver la esperanza a los pobres”, porque acogiéndolos y sirviéndolos, se acoge y se sirve a Cristo mismo (cf. Mt 25, 40). Los desafíos que en este ámbito interpelan a los creyentes en Europa son muchos. Pobres son hoy tantas categorías de personas, entre ellas los desempleados, los enfermos, los ancianos solos o abandonados, los que no tienen una vivienda, los jóvenes marginados, los inmigrantes y los prófugos.

Servicio de amor es, además, volver a proponer con fidelidad
la verdad del matrimonio y de la familia, y educar a los jóvenes, los novios y las familias mismas para que vivan y difundan el “evangelio de la vida”, luchando contra la “cultura de la muerte”.

La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis sino mas bien el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos.

El mayor mal es la falta de amor y caridad, la terrible indiferencia hacia nuestro vecino que vive al lado de la calle, asaltado por la explotación, corrupción, pobreza y enfermedad.

Teresa de Calcuta

El amor, la caridad,
es el primer fruto del Espíritu.
Amar es dar la vida.
Es el Espíritu mismo presente
y activo en el corazón.
El amor de Dios ha sido derramado
en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado en el Bautismo
y nos anima a hacer presente el mandato de Jesús: “que os améis unos a otros
como yo os he amado”.

¿Qué dones del Espíritu Santo se ven reflejados en la vida de Teresa de Calcuta?

¡Cómo puedo ayudar a comprender a los que están de novio, a los matrimonios amigos, a los que están en búsqueda de una vida comprometida con la Iglesia, la dimensión del verdadero amor?

En nuestro barrio, parroquia, comunidad, trabajo, colegio... ¿Cuáles son “nuestros hermanos más pequeños”?
¿Qué puedo hacer por ellos?

Cada comunidad tiene proyectos orientados hacia los más necesitados,
¿Sabes qué grupos trabajan por los que menos tienen en la tuya?


Secuencia de Pentecostés

Ven, Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos
.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el
hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén

 
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