Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos. *(R)
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito.
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
Amén.
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Espíritu Santo ven, ven (3)
en el nombre de Jesús
Acompáñame,
condúceme toda mi vida.
Santifícame transfórmame
Espíritu Santo ven.
Espíritu Santo ven, ven (3)
en el nombre de Jesús
Fortaléceme,
consuélame en mis pesares.
Resplandéceme, libérame,
Espíritu Santo ven.
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Espíritu Santo, llena mi alma con la abundancia
de tus dones.
Dame el don de la Sabiduría para gustar las cosas que
Dios ama y apartarme de los valores que me apartan
del Evangelio de Jesús.
Dame el don de Inteligencia para vivir con fe viva toda
la riqueza de la verdad cristiana.
Dame el don de Consejo para que en medio
de los acontecimientos pueda descubrir lo mejor
y crecer en la fe bautismal.
Dame el don de Fortaleza de manera que sea capaz
de vencer todos los obstáculos que encuentre
en el camino del seguimiento de Jesús.
Dame el don de Ciencia para discernir claramente
entre el bien y el mal, la falsedad y la mentira, el camino ancho
y la puerta estrecha que conduce al Reino.
Dame el don de Piedad para amar a Dios como Padre
y reconocer en los hombres y mujeres a los hermanos
que tengo que servir y donde Dios me está esperando.
Dame el don de Temor de Dios para escuchar y acoger
con fidelidad la plenitud de la revelación realizada
en el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, el Mesías.
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Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar.
De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso,
que llenó toda la casa en la que se encontraban.
Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron
y se posaron sobre cada uno de ellos;
quedaron todos llenos del Espíritu Santo...
Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión,
a la fracción del pan y a las oraciones.
El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban
muchos prodigios y señales.
Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común;
vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos,
según la necesidad de cada uno.
Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu,
partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría
y sencillez de corazón.
Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo.
El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.
Hechos de los Apóstoles 2, 1-4. 42-47
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