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Liturgia de las Horas - Tiempo de Navidad

Miércoles 7 de enero
Hora intermedia

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Tercia, Sexta, Nona

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V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

 

Himno

Levántate y mira
la luz de Belén:
En la noche oscura
te alumbra tu Bien.

¿Oyes el sonido
limpio de su voz?
Con boca de Niño
te llama tu Amor.

¿No sientes el fuego
de su caridad?
En forma de Niño
nació tu Verdad.

Acércate un poco,
no tengas temor:
con mano de Niño
te busca el Señor.

Ponte de rodillas
en la tierra fiel:
con ojos de Niño
te mira tu Rey.

Háblale sin miedo,
dile tu dolor:
con alma de Niño
te escucha tu Dios. Amén.

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Salmodia

Salmo 118, 57-64 VIII (Heth)

 

Ant. 1 El misterio escondido desde el comienzo de los siglos
y generaciones, ahora se ha manifestado.

Mi porción es el Señor;
he resuelto guardar tus palabras;
de todo corazón busco tu favor:
ten piedad de mí, según tu promesa;
he examinado mi camino,
para enderezar mis pies a tus preceptos.

Con diligencia, sin tardanza,
observo tus mandatos;
los lazos de los malvados me envuelven,
pero no olvido tu voluntad;
a media noche me levanto para darte gracias
por tus justos mandamientos.

Me junto con tus fieles,
que guardan tus decretos;
Señor, de tu bondad está llena la tierra;
enséñame tus leyes.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El misterio escondido desde el comienzo de los siglos
y generaciones, ahora se ha manifestado.

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Salmo 54, 2-15. 17-24 A Oración ante la traición de un amigo
I

Jesús empezó a sentir
terror y angustia (Mc 14, 33)

Ant. 2 Cristo, cuando vino, anunció la buena nueva de la paz
a los que estaban lejos y a los que estaban cerca.

Dios mío, escucha mi oración,
no te cierres a mi súplica;
hazme caso y respóndeme,
me agitan mis ansiedades.

Me turba la voz del enemigo,
los gritos del malvado:
descargan sobre mí calamidades
y me atacan con furia.

Se me retuercen dentro las entrañas,
me sobrecoge un pavor mortal,
me asalta el temor y el terror,
me cubre el espanto,

y pienso: «¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto,

me pondría en seguida a salvo de la tormenta,
del huracán que devora, Señor;
del torrente de sus lenguas.»

Violencia y discordia veo en la ciudad:
día y noche hacen la ronda
sobre sus murallas;

en su recinto, crimen e injusticia;
dentro de ella, calamidades;
no se apartan de su plaza
la crueldad y el engaño.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cristo, cuando vino, anunció la buena nueva de la paz
a los que estaban lejos y a los que estaban cerca.

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II

Ant. 3 Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra.

Si mi enemigo me injuriase,
lo aguantaría;
si mi adversario se alzase contra mí,
me escondería de él;

pero eres tú, mi compañero,
mi amigo y confidente,
a quien me unía una dulce intimidad:
juntos íbamos entre el bullicio
por la casa de Dios.

Pero yo invoco a Dios,
y el Señor me salva:
por la tarde, en la mañana, al mediodía,
me quejo gimiendo.

Dios escucha mi voz:
su paz rescata mi alma
de la guerra que me hacen,
porque son muchos contra mí.

Dios me escucha, los humilla
el que reina desde siempre,
porque no quieren enmendarse
ni temen a Dios.

Levantan la mano contra su aliado,
violando los pactos;
su boca es más blanda que la manteca,
pero desean la guerra;
sus palabras son más suaves que el aceite,
pero son puñales.

Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
no permitirá jamás
que el justo caiga.

Tú, Dios mío, los harás bajar a ellos
a la fosa profunda,
Los traidores y sanguinarios
no cumplirán ni la mitad de sus años.
Pero yo confío en ti.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra.

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Lectura breve:

Tobías 14, 8-9

Abandonarán las naciones sus ídolos y vendrán a Jerusalén y habitarán en ella; y se alegrarán en ella todos los reyes de la tierra adorando al Rey de Israel.

V. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios.
R. Haced resonar sus alabanzas.

 

Oración

Te pedimos, Señor, que tu divina luz ilumine nuestros corazones; con ella avanzaremos a través de las tinieblas del mundo, hasta llegar a la patria donde todo es eterna claridad. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

Conclusión

V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

V. Desde la salida del sol hasta su ocaso.
R. Bendigamos el nombre del Señor.

Flecha

 

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