Primera lectura Lectura del primer libro de los Reyes 3, 5. 7-12
Salmo responsorial: Salmo 118, 57 y 72. 76-7'7. 127-128. 129-136 R./ ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Aleluya Mt 11, 25
EVANGELIO † Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 44-52
Meditando en comunidad Las parábolas son “ventanas” por las que nos asomamos a una parte del misterio del Reino para formarnos una idea general. Jesús nunca define el Reino, hace comparaciones para ir completando la imagen. En la primera parábola el Reino se compara con un tesoro escondido. Nos dice primero que el Reino es un tesoro y se nos pregunta si cada uno lo ha descubierto como un tesoro o caminamos sobre el campo toda la vida sin llegar a descubrirlo. El mundo es el ámbito por el que transitamos toda la vida, a veces sin darnos cuenta, que pisamos un tesoro. Se puede tener fe desde siempre y nunca haberse dado cuenta que es un tesoro y cuán salvadora es la fe. El tesoro va a ser la misma fe que tuvimos siempre, solo que, una vez en la vida va a ser descubierta como algo de una riqueza infinita que hace vender todo para obtenerla. Es una experiencia de plenitud que expulsa toda otra forma de plenitud porque el corazón del hombre tiene una capacidad limitada; esta plenitud nos lleva a vender, a renunciar a todo, a ofrecernos al desposeimiento que la misma vida va trayendo y va a ser posible en la medida que lo hagamos “llenos de alegría”. La “venta” son los pequeños actos de purificación en los que los bienes pueden quedar pero re-significados Es una experiencia de la plenitud en Jesús, que es revelador del Padre, centro de nuestra fe. Abrir el cofre y ver el tesoro que está dentro es encontrar lo que oramos en el Credo. El camino es individual, al esconderse el tesoro parece que late en esta parábola la necesidad de una experiencia interior como ventana para ver el Reino. Sin la experiencia individual es difícil ponerse en comunión con los otros que lo hayan encontrado, o los que lo buscan o los que lo necesitan. El camino interior termina siendo profundamente comunitario. Frente a las renuncias que hay que hacer en la vida (al tiempo personal, a los vínculos que no ayudan, a bienes materiales que obstaculizan, a proyectos que alejan de Dios, de uno mismo y de los otros) se necesita de una capacidad interior que no es el esfuerzo sino la alegría instalada en lo profundo por el hallazgo de Jesús, plenitud que hace que sin ningún dolor podamos desprendernos de todo. El gozo del hallazgo es el termómetro de la fe. Falta fe cuando no hay gozo... ni dolor por no tenerlo. Todos los momentos de la vida no brillan con la alegría del hallazgo, a veces se oscurece. El que ha hecho la experiencia profunda de Cristo como tesoro de la vida sabe que en algún momento se pierde la alegría, a veces por la propia infidelidad, otras veces porque es prueba divina hacernos pasar por la oscuridad. Jesús también paso por la prueba de la oscuridad de su Padre en Getsemaní y en la Cruz y es historia de cada creyente. Si el anhelo hondo del alma es hallar en Cristo el gran tesoro de la vida, si por su propia fuerza, sin nuestra ayuda, va a expulsar los otros tesoros del corazón ¿cómo hacemos para descubrir semejante bien? Se puede invertir la parábola y no ser nosotros los que encontramos el tesoro sino que, nosotros somos el tesoro y Jesús es el que nos encuentra en el campo y da todo lo que tiene para poseernos. Cuando descubrimos que somos verdaderos tesoros para Cristo, que Él se anonada y se hace carne humana dejando de lado su Gloria divina, su tesoro divino, por poseernos, cuando descubrimos lo que somos para el Señor... Él será un tesoro para nosotros. Si no descubrimos nuestra valía para Dios no va a ser Él un tesoro sino solo un camino a seguir. Dios ha bajado y ha vendido todo para encontrarnos, a cada uno de nosotros, como su propio tesoro. Hay que pedir al Espíritu Santo la Gracia de vernos tesoros de Dios y que nos habilite a este hallazgo. Para saber cuál es nuestro tesoro real, para descubrir a Jesús tesoro de nuestra vida porque Él nos atesora y guarda en su Corazón como cosa cuidada y valiosa, debemos responder la pregunta que Dios le hizo a Salomón : “Pídeme lo que quieras”. Lo que pidamos es nuestro tesoro real, la respuesta descubre adónde fluye nuestro pensamiento y qué ocupa el corazón. Aunque no está dicho directamente en el Evangelio, muchas veces para descubrir a Jesús como tesoro de la vida, la Gracia nos desposee antes, la vida es contrariada y sufrimos reveces para que nos esforcemos a cavar más hondo. Las pruebas en la vida tienen esta Providencia: buscar más hondo el tesoro para acceder a una plenitud mayor. En la segunda parábola, el Reino es el buscador no la perla; es la actitud de buscar algo mayor por el sentimiento de carencia: o existimos en el gozo poseído o en el dolor de no poseer. Favorece el encuentro del tesoro: el anhelo de santidad; dejar que Jesús nos “haga” desarrollando la búsqueda movidos por la sed del encuentro; descubrir que el amor es la clave y no la inteligencia y comprender que en la búsqueda el mayor tesoro es hallar el propio Corazón de Jesús.
Busquemos en el fondo de nuestro corazón, hasta dónde ha llegado la experiencia de Cristo como acontecimiento fundante de nuestra vida, como hallazgo, como tesoro y lo que falta, se lo pedimos al Señor.
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