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15 de junio de 2008
Undécima semana
del Tiempo ordinario
Ciclo “A” |
Primera lectura
Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa
Lectura del
libro del Éxodo
19, 2-6a
En aquellos días, los israelitas llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente al monte.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde el monte, diciendo:
- «Así dirás a la casa de Jacob, y esto anunciarás a los israelitas:
"Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí.
Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mi un reino de sacerdotes y una nación santa."»
Palabra de Dios. |
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Salmo responsorial:
Salmo
30, 2-3a. 3bc-4. 17 y 25
R./
Nosotros somos su pueblo
y ovejas de su rebaño.
Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores R/.
Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R/.
El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R/
SEGUNDA LECTURA
Si fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,
¡con cuánta más razón seremos salvos por su vida!
Lectura de la carta
san Pablo a los Romanos
5, 6 11
Hermanos:
Cuando nosotros todavía estábamos sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.
¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvos del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!
Y no sólo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
Palabra de Dios. |
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Aleluya
Marcos 1,15
EVANGELIO
Llamando a sus doce discípulos, los envió
† Lectura del santo evangelio según
san Mateo
9, 36-10, 8
Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias.
Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a sus discípulos:
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”.
Jesús convocó a sus doce discípulos y les dio el poder de expulsar a los espíritus impuros y de sanar cualquier enfermedad o dolencia. Los nombres de los doce apóstoles son: Simón, de sobrenombre Pedro, y su hermano Andrés; luego, Santiago, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el publicano; Santiago, hijo de Alfeo, y Tadeo; Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
A estos doce, Jesús los envió con las siguientes instrucciones: “No vayan a regiones paganas ni entren en ninguna ciudad de los samaritanos. Vayan, en cambio, a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
Por el camino, proclamen que el reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios. Ustedes han recibido gratuitamente, den también gratuitamente”.
Palabra del Señor.

Meditando en comunidad
En la segunda lectura de este domingo, Pablo reflexiona en voz alta, invitando a poner la mirada en Jesús, en ver cómo nos ama y recordándonos que antes de ningún gesto de respuesta del hombre, Él nos amó.
La Palabra de Dios en la primera lectura, Éxodo, y en el Evangelio muestran dos comunidades reunidas: la comunidad de Israel y la de los discípulos, identificados de manera más clara nombrando a los Apóstoles y enviándolos. Las dos comunidades se encuentran con el Señor Dios.
El libro del Éxodo, describe al pueblo en el desierto del Sinaí, junto a la montaña.
La montaña, siempre, es revelación, manifestación y epifanía de Dios, que sella su Alianza con Israel.
Moisés encabeza al pueblo, haciendo de puente y de intérprete del Pueblo para con Dios y trayendo la respuesta de Dios para su Pueblo, que es el de Abraham, de Isaac y de Jacob, diciendo así, de dónde vienen y adónde pueden ir. Moisés sube al encuentro con Dios para decirle a su Pueblo que hagan memoria.
La memoria tiene que ser siempre para la acción de gracias ya que identifica y nos pone en el buen camino tomando conciencia de dónde venimos y porqué estamos en un lugar.
Moisés no solo los lleva a un lugar sino, a una experiencia nueva: “Los traje hacia mi” dice Yavé.
“Si escuchan mi voz...” Dios le habla a su Pueblo que experimentó salir de la esclavitud por ser Pueblo de la Alianza, le habla a una diversidad de hombres con muchas diferencias y estilos y muchas preguntas y adhesiones, a lo que cada uno pueda escuchar, mostrando la abundancia de la generosidad de Dios. Es un Dios que invita, que se acerca y que deja que nos acerquemos a Él y que invita a ser pueblo de sacerdotes.
En el Evangelio, aparece la fuerte imagen de la compasión de Jesús. La compasión y la misericordia se encuentran en Jesús porque ve que los hombres están fatigados, abatidos...
Al ver a esa multitud se dirige a los más cercanos dando por sentado que, ya cuenta con esos discípulos.
El Señor cuenta también con nosotros que ya estamos con Él, habiendo tenido la experiencia del discipulado, de la cercanía y por eso no nos considera afligidos y abatidos, sin proyectos.
Los que estamos con Jesús tenemos proyectos y, por eso, nos pide oración y misión.
“Ser pueblo sacerdotal”es uno de los caminos para llegar a Dios. Debemos mirar de dónde venimos para dar gracias porque hemos escuchado la Voz del Señor y, por eso, vamos a su casa como pueblo sacerdotal.
En la Santa Misa celebramos nuestra fe como discípulos y Jesús en medio de nosotros nos invita a tener la mirada de la compasión y las entrañas de misericordia. Este es el motivo por el que realizamos actividades en la Iglesia y, los lugares de oración deben ser además, lugares de comprensión, de la escucha atenta del otro que llegue abatido como oveja sin pastor.
El Señor nos lo pide a nosotros para que nos reconozcamos pueblo elegido llamado por el Señor. No somos los que hay que buscar sino, los que le pertenecemos y debemos conocer su Palabra porque tenemos, la experiencia de distintas formas de alimento, de sostén, de la conducción de Jesús como Buen Pastor. La memoria es para reconocer cómo hemos encontrado al Buen Pastor y cómo fuimos encontrados por Él. La confianza y la memoria son para recuperar la esperanza en el Dios que estuvo, que está y que estará.
La mirada debe ser de adultez. Hemos sido llamados a pastorear y tener compasión por el abatido, con la actitud de ir a llevar a otros, lo que hemos recibido. Para ser pastor hay que dejarse pastorear. La constante en la vida es ser pastor y ser, también, discípulo, dando el paso para no quedarnos siempre esperando que Dios nos tenga en cuenta y nos sostenga. Él nos invita a ser para otros sostén y quienes los tengan en cuenta.
El tema del pastor es el tema del adulto, el que se hace cargo y responsable. De alguna manera, como adultos, debemos asumir la idea en comunidad y mirar qué hace cada uno por el bien común y para que otros tengan proyectos. Como orantes, rezamos pero, esa oración tiene que repercutir en lo que se hace en la comunidad en la que nos movemos. Hacerse cargo de las responsabilidades sabiendo cuándo decir ¡no! La crisis del mundo es que nadie quiere ser pastor, nadie quiere ser adulto y hacerse cargo de las decisiones para proteger al que está más lastimado e indefenso.
Hoy, más que nunca, hay que tener la experiencia de comunidad cristiana, no para aislarse sino para alimentarnos juntos para la misión y no sentirnos huérfanos.
Pidámosle todo esto al Padre Dios desde el fondo del corazón.

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