FSME
La Cruz de la Misericordia


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Reflexiones sobre el icono
de la Cruz de la Misericordia en un sentido total

P. Eduardo Mangiarotti

La Cruz nos muestra la unidad del misterio pascual, porque el Jesús de la cruz es un Jesús que ya está resucitado.

No estamos viendo un momento del misterio sino la totalidad del misterio.
Es un modo estético de plantear una realidad de nuestra vida: nuestra existencia, en general, es un sucederse continuo de muerte y resurrección. Si estamos configurados con Cristo participamos de una y otra dimensión de su Pascua.

La imagen y la cita sobre la oveja nos permite entender mejor la relación entre el ministerio público de Jesús y su entrega pascual. Una cosa no está desprendida de la otra: el misterio de la cruz asoma ya, en la búsqueda de la oveja perdida, que Jesús realiza en su tiempo de recorrida por Palestina.

Nada puede trazar mas distancia entre los hombres y Dios que el pecado. El no al amor es, de distintos modos, un “no” también a Dios . Pero al “no” que damos los hombres, Dios responde con un “si” cada vez mayor.

A la vez, descubrimos que la muerte de Jesús no es un momento aislado, sino que consagra la vida entera de Jesús, expresa toda su existencia, su esencia más profunda. Jesús nos muestra también, en ese sentido, lo que es una vida plenamente integrada, plenamente realizada.

Muerte, resurrección, vida pública son todos parte del mismo misterios.
Lo que Jesús hizo en su vida pública
y lo que entregó en su muerte están indisolublemente unidos. 

 

Los detalles de la Cruz
El Espíritu que aletea

La Cruz tiene un detalle, que al principio, al menos a mi, pasó inadvertido:
el Espíritu Santo por encima de la cabeza del Crucificado.

Es natural: ¡es tan llamativa la imagen de Cristo crucificado con la oveja sobre los hombros que hace difícil prestar atención a otra cosa!

Pero, me parece, que por ahí comienza todo. No podemos contemplar el rostro de Jesús sino “en el Espíritu Santo”. 

Solo él nos abre el corazón al misterio de Jesús. Él, que llevó al Señor a través del camino de la Pascua, es quien puede abrirnos la puerta para entrar en esta contemplación. Y, como el mejor lenguaje para vincularnos con el Espíritu es el de la invocación (sobre todo si lo hacemos cantando), llamémoslo con nuestra oración común:

Espíritu de Cristo, Espíritu del Padre, Espíritu Santo de Dios...
Necesitamos tu luz viento, tu fuego
para poder abrirnos a la oración.
Sin voz, Jesús queda en el pasado
y su entrega se nos hace incomprensible;
en ti, podemos no solo descubrirla sino también entrar en ella,
apropiarnos de la Pascua para llevarla a nuestro corazón
y nuestra vida.
Abre nuestros ojos a la Presencia,
nuestro corazón a la Gracia,
nuestra inteligencia a  la Palabra
para que podamos encontrarnos con Jesús.

1. Al principio de todo... y en todos los principios

El Espíritu es la fuerza activa de Dios. Al principio, cuando todo era caos y confusión, aleteaba sobre las aguas. El Espíritu crea, pone orden y vida donde parece que solo puede haber muerte y destrucción.

Esto es algo interesante y que la Biblia pone en relieve pero, a veces, hemos olvidado: lo más propio de Dios no es simplemente el acto creador, no es solo el hecho de que Dios genera vida, sino que puede dar vida desde la muerte, que puede hacer brillar la luz en medio de la oscuridad.

Por eso mismo, el Espíritu no solo aparece cuando Dios crea, sino cuando esta creación está en riesgo por el pecado del hombre. El Espíritu, también, es la presencia creadora (y re-creadora) de Dios en la historia.

Cada vez que la vida es amenazada, Dios da su Espíritu para que surjan personas capaces de acompañar el camino del pueblo y no falten, en tiempos de crisis, auténticos mediadores del amor de Dios: Jueces, profetas, reyes, sabios...todos ellos ungidos por el Espíritu para llevar la fuerza creadora de Dios a la situación de caos o sufrimiento en la que el Pueblo se encuentra.

Por eso, cuando el Espíritu se manifiesta aparece la alabanza; la profecía que permite intuir el paso de Dios por los acontecimientos; el don de servir y discernir; la ofrenda de la vida por amor a los demás.

El Espíritu lleva la novedad de Dios a la historia tantas veces envejecida y anquilosada. La eterna juventud de Dios se hace presente en el tiempo a través
de la acción del Espíritu.

Cada nuevo comienzo en la historia de la Salvación
lleva el sello del Viento de Dios.

 

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