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Catequesis La celebración eucarística de cada domingo, en cualquier tiempo del año, es un ejercicio de esperanza de la venida del Salvador. Es un ejercicio de lo que es el Reino de Dios entre nosotros mientras transitamos en este mundo de oscuridad porque, todavía, Dios no es absolutamente evidente para nosotros. Esperando la segunda venida, la misa es una burbuja de luz que nos viene del futuro, de la Luz plena de Jesucristo Resucitado, glorioso y victorioso que trae la salvación plena. Hay que dejarse alentar siempre por la esperanza, volver a levantar la mirada, proyectarnos a un futuro glorioso absolutamente cierto porque está prometido por el Salvador y los Apóstoles. La palabra Misa tiene su origen en “misus” que significa envío y era usada en el final de la misa en latín: el creyente enviado al mundo con lo que recibió en la Misa que es Jesucristo bajo la forma de su Palabra, de su Eucaristía, de su Comunidad. Hoy llamamos a este rito Celebración eucarística o Acción de Gracias. La Celebración litúrgica está abierta a un después y no debe ser un refugio para vivir la fe. La Celebración eucarística tiene una dimensión humana y otra divina. Lo humano es lo que percibimos por los sentidos y que nos tiene que llevar a lo sagrado, al mundo de Dios. Sagrada es la Palabra por la eficacia salvadora de Cristo; la Asamblea está formada por bautizados, “separados del mundo” y consagrados. La percepción de lo sagrado exige la fe y atención para entrar en lo sagrado de la Presencia divina que vuelve a santificar a su Pueblo en cada Celebración. Entrar en lo sagrado de la Misa es volver al mundo de Dios de donde venimos, ya que salimos de la mano del Padre. La Glorias, la presencia de Dios habita en nosotros siempre y, muy especialmente, en la Celebración Eucarística.
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