Toda la vida es un caminar hacia la Pascua de Cristo, pascua personal y del mundo. Jesús, muerto y resucitado, le da sentido a cada paso que damos en el camino hacia la Pascua.
En el Evangelio de san Juan, Jesús hace la comparación de Moisés levantando en alto la serpiente en el desierto para que todo aquél que había sido mordido quedase curado al mirarla (libro de los Números, Capítulo 21). Haciendo pie en esa historia dice que, de la misma manera, el Hijo del Hombre tiene que ser levantado en alto para que todo el que crea en Él no muera sino que tenga vida eterna.
El acontecimiento del Antiguo Testamento había sido una profecía, no en palabras sino en símbolo profético del “Otro” que tenía que ser levantado en alto para que todo el que lo mirara no muriera sino que tuviera vida eterna.
Yahvé quiso que la fuente de la salud estuviera en la misma imagen de la muerte, la serpiente que había causado el daño era luego causa de salud.
Hay profecía contenida en ésto: es el mensaje de la cruz, dolor y muerte, que vaciados del veneno, va a contener la vida eterna.
Dice Jesús que es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado en alto. Juan que lo relata tiene presente dos imágenes que se superponen: Cristo muerto en la Cruz, levantado en alto y Cristo glorificado por su resurrección-ascensión al cielo. Estas dos imágenes confluyen en la expresión “ ser levantado en alto”.
Al inicio de su Evangelio dice Juan “...Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único”...
Este testimonio nace de su descubrimiento al pie de la Cruz del amor del Padre mostrado en Cristo crucificado. Dios revelando su amor no en una imagen de dolor y muerte sino de gloria.
Tanto la serpiente elevada como Cristo crucificado, ¿de qué están llenos?
Cristo crucificado está lleno de amor por su Padre y por nosotros. El Padre que nos entrega a su Hijo se vacía en el costado abierto de Jesús, sangre que da la vida y de la que nació la Iglesia. Es la Trinidad que se desangra por cada uno de nosotros sin ninguna excepción. Desangrarse, que es la efusión del Espíritu Santo, su donación que contiene la gracia que empieza ahora. Es la alegría divina por Cristo resucitado.
Lo que el Padre nos ofrece es propuesta de salvación, vida eterna, su Hijo entregado en la Cruz por nosotros.
¿Qué respuesta le damos a esa propuesta?
La fe, que debe ser mi respuesta, es al mismo tiempo una gracia de Dios que despierta en el hombre el atractivo de Cristo crucificado para que se entregue a la fe.
La gracia del don de la fe aumenta la libertad de la respuesta. La propuesta se le hace a todos, pero no es coactiva y en esa libertad muchos no la aceptan. En esto consiste la condenación.
La salvación está dada, sólo hay que tomarla. La fe es el amor y la esperanza que se traduce en obras que empiezan en la tierra y terminan en el cielo. Creer no es solo una parte de la vida cristiana sino que es toda la vida.
¿Quiero comprometerme con ese amor?
El amor del Padre es la donación de su Hijo. Si captara el amor del Padre en esa imagen, del Hijo en la Cruz, despertaría mi amor y mi respuesta pero, necesito ayuda para corresponder a semejante amor.
En el misterio pascual, Cristo levantado en alto, está conteniendo toda la vida, especialmente de aquel que es doliente, del que teme a la muerte, del que va a sufrir o está sufriendo lo mismo que el crucificado. Ahí está la propuesta de amor.
¿Hacia eso quiero encaminarme?
¿Me determino que sea esa la meta de mi vida, vivir junto con Cristo su Pascua, su entrega de amor al Padre para la salvación de los otros?
¿Voy detrás de esa meta o se me van cruzando otras metas, otros intereses que empujan con mas fuerza que Cristo ?
¿Jesús levantado en alto, sigue siendo mi atracción
más fuerte o ha quedado debilitada por distracciones
en el camino?
P.P.R.
