Para alimentar el espíritu...

Cartas del Desierto
Carlos Carretto ( (1910-1988)

Luego de un apostolado parroquial e institucional muy intenso y fructífero,
ingresó a la orden contemplativa fundada por el beato Carlo de Foucauld:
Hermanitos de Jesús.

Cartas del desierto es fruto de los diez años que pasó en el Sahara Africano.
Son pensamientos madurados en la soledad y en la oración.
Ofrecemos el capítulo siete, que es invitación al encuentro íntimo y personal con Jesús.

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Los tiempos
de la oración

Venezia

La oración es ante todo palabra, recitación, canto.

Tiende, oh Yavé, tu oído escúchame,
porque soy pobre y desdichado.
Enséñame tu camino, oh Yavé,
a fin de que yo marche en tu verdad,
dirige mi corazón para temer tu nombre.

Frecuentemente contiene un grito, un llanto, un lamento de angustia:

Yavé, Dios mío, a Ti clamo de día,
de noche me lamento ante Ti;
llegue ante Ti mi oración,
inclina tu oído a mi clamor.
Porque mi alma está saturada de males,
y mi vida está al borde del Seol.
Contando ya como los hundidos en la fosa,
soy como un hombre acabado.
Está mi lecho entre los muertos,
igual que los muertos que yacen en la tumba
aquellos de los que no te acuerdas más,
que están dejados de tu mano. (Salmo 87)

A veces una explosión de felicidad:

Te amo. Dios mío, mi fortaleza.
El Señor es mi sostén.
Mi Dios es la ayuda en que espero (Salmo 17)

Una admiración estática de sus obras:

Los cielos narran la gloria de Dios,
la obra de sus manos pregona el firmamento (Salmo 18)

La alabanza apasionada de su Providencia:

Yavé es mi pastor, nada me falta;
por prados de fresca hierba me apacienta;
hacia las aguas del remanso me conduce.
y recrea mi alma.
Me guía por senderos rectos
por amor de su nombre.
Aunque vaya por valle tenebroso,
no temo ningún mal (Salmo 22)

Esta manera de hablar con Dios es de todas las épocas y de todos los sitios. Desde el principio de la vida espiritual hasta el término, el hombre se servirá de este medio —la palabra— para expresar sus sentimientos con su Creador.

Pero también aquí es como el amor: las palabras abundan al principio, después se hacen más raras y más profundas, hasta que se reducen a algún mono­sílabo pero que lo encierran todo. Saber lo que otros han dicho de Dios; es el tiempo.
Normalmente un alma habla mucho en el tiempo de su conversión, en el período de su noviciado, es decir, en los primeros años de su descubrimiento de Dios. Es el período más fácil para el alma, entre otras cosas también porque todo concurre a revestir la oración: novedad, sentimiento, imaginación, arte, pasión.
Y además Dios pone su parte de consolación. Y todo fluye como en los primeros tiempos de un matrimonio feliz.

Alerta está mi corazón, oh Dios,
mi corazón alerta,
voy a cantar, voy a tocar,
¡gloria mía, despierta!
¡Despertad, arpa, cítara.
despertaré a la aurora!
Te alabaré entre los pueblos, oh Yavé,
Te cantaré entre las naciones;
pues grande hasta los cielos
tu misericordia,
hasta las nubes fu fidelidad. (Salmo 107)

Otro tiempo de la oración es la "meditación".

A veces sigue de cerca a la palabra. Especialmente cuando el alma está madura, se intercala con ella, se funde con ella. Algunas veces viene después, acompañada de una serie de verdades y de luz.
Es el tiempo del libro, el tiempo en que se busca fervoroso de la reflexión, el estudio teológico, tiempo de discusiones filosóficas , tiempo de encuentros de almas, tiempo hermoso, muy hermoso.
Si el mundo conociera la alegría que siente un cristiano en este período, la paz que reina en su corazón y el equilibrio que domina sus facultades, quedaría, asombrado, encantado.
Yo conocí ese período y tuve la dicha de vivirlo con centenares, con miles de jóvenes.
Dios, la Iglesia, las almas eran nuestras únicas pasiones. Cada mañana nos parecía que debíamos forjar un mundo nuevo, se nos lanzaba como a David contra Goliat, nos encontrábamos numerosos para orar y hablar de Dios.
¿Qué importaban los conocidos insomnios, los largos viajes en tercera clase, las galopadas en bicicleta, por la campiña para despertar el movimiento, los sacrificios económicos y las vacaciones sacrificadas para hacer una vez al año los Ejercicios Espirituales? Quedan estos entre los recuerdos más queridos de mi vida, recuerdos a los que vuelvo con alegría y paz serena.

Pero volvamos a la meditación. Hay miles maneras de hacer meditación y es bueno que cada uno haga su experiencia.
Caminando advertirá lo que mejor se le acomoda. Sólo quisiera decir aquí dos cosas que aprendí de mi gran maestro San Juan de la Cruz: una sobre el método de la meditación y la otra sobre el libro que hay que escoger.
Sobre el método —San Juan lo dividía en tres partes— y hasta aquí nada nuevo.

  1. Representación imaginativa del misterio sobre el cual se quiere meditar.
  2. Consideración intelectual de los misterios repre­sentados
    (tampoco hasta aquí nada nuevo).
  3. (Y es importante). Descanso amoroso y atento en Dios para recoger el fruto donde se abre la iluminación divina la puerta de la inteligencia.

Este esfuerzo amoroso, profundamente humano, debe desembocar en una serenidad, en un descanso afectuoso ante Dios. Es decir, debe ser una meditación orientada claramente hacia la simplificación y el silencio interior.
Sobre el libro que hay que escoger: Ante todo escoged la Biblia. Si podéis, leed también todos los libros de meditación que queráis, pero eso no es indispensable; en cambio es indispensable leer y meditar la Sagrada Escritura.
¡Basta ya de un catolicismo sin Biblia! ¡Basta ya de una predicación sin meollo, porque no está anclada en la Sagrada Escritura! ¡Basta ya de una formación religiosa que no brote del Evangelio!

La Biblia es la carta que Dios mismo escribió a los hombres en los milenios de su historia. Es el suspiro por Cristo (Antiguo Testamento), es la narración de su venida entre nosotros (Nuevo Testamento).

Cuando ardió el Templo de Jerusalén, los hebreos, que entendían mucho en tesoros, lo abandonaron todo a las llamas, pero salvaron la Biblia. San Pablo sabía la Biblia de memoria; y San Jerónimo dijo:
"Ignorancia de la Sagrada Escritura es ignorancia de Cristo".

El Verbo hecho palabra es la Biblia,
el Verbo hecho carne es la Eucaristía.

No dudo poner ambas cosas sobre el altar y arrodillarme ante ellas.
Hay un despertar bíblico, gracias a Dios, pero todavía vamos muy retrasados.
Decía antes que para la oración es como para el amor: al principio abundan las palabras, las discusiones son de los primeros tiempos. Después se hace silencio y nos entendemos por monosílabos. En las dificultades es suficiente un gesto, una mirada, una nonada: Basta amarse.
Viene después el tiempo en que la palabra está de más y la meditación es pesada, casi imposible.
Es el tiempo de la oración de simplicidad, tiempo en que el alma conversa con Dios con una simple mirada, amorosa, aunque frecuentemente acompañada de aridez y sufrimiento.
En ese período florece la llamada oración litánica: es decir repetición hasta el infinito de expresiones idénticas, pobres de palabras pero ricas, riquísimas de contenido.

Dios te salve María.,. Dios te salve María... Jesús te amo... Señor, tened piedad de mí...

Y es extraño cómo en esta oración litánica, monótona, sencilla, el alma se encuentra a su gusto, casi como si fuera acunado en los brazos de su Dios.
Es el tiempo del Rosario vivido y amado como una de las oraciones más elevadas e inspiradas.
Con frecuencia, en mi vida de europeo, he tenido modo de asistir o tomar parte en discusiones animadas sobre el pro y el contra del Rosario. Pero, al fin, jamás me quedé plenamente satisfecho. No estaba en condiciones apropiadas para comprender a fondo esta manera de orar.
"Es una oración meditada", decía alguno. ¡Bien! Entonces tienen razón los jóvenes en lamentarse de las distracciones que ocasiona a la meditación del misterio esta repetición inútil de diez Avemarias. Anunciad el misterio y dejadme pensar.
"No, es una oración de alabanza", decían otros; y hay que pensar en lo que se dice, palabra por palabra.
Pero ¡es imposible! ¿Quién es capaz de decir 50 Avemarías, distraído por cinco representaciones de misterios, sin perder el hilo?
Tengo que confesar que en mi vida, aun haciendo un esfuerzo alguna vez, jamás logré rezar un solo Rosario sin distraerme. ¿Y entonces?
Y entonces fue en el desierto donde comprendí que los que discuten —como yo discutía— sobre el Rosario, todavía no han comprendido el alma de esta oración.
El Rosario pertenece a este tipo de oración que precede o acompaña a la oración contemplativa, del Espíritu. Meditéis o no meditéis, os distraigáis o no os distraigáis si amáis el Rosario y no podéis pasar un día sin rezarlo, significa que, sois, hombres de oración.

El Rosario es como el eco de una ola que choca contra la orilla, la orilla de Dios: "Dios te salve María... Dios te salve María... Dios te salve María".

Es como la mano de la Madre sobre vuestra cuna de niño; es como la señal de un abandono de todo difícil razonamiento humano sobre la oración, para la aceptación definitiva de nuestra pequeñez y de nuestra pobreza.
El Rosario es un punto de llegada, no un punto de partida. Para Bernardita el punto de llegada llegó muy pronto, porque estaba predestinada a ver en esta tierra a Nuestra Señora; pero normalmente es una oración de la madurez espiritual. Si a un joven no le gusta rezar el Rosario, si dice que se aburre, no insistáis.
Para él es mejor la lectura de un texto escriturístico o una oración más intelectual. Pero si os encontráis con un niño en una campiña desierta o con un viejo sereno, o con una mujer sencilla que os dice que le gusta el Rosario sin saber por qué, alegraos y gozaos, porque en esos corazones es el Espíritu Santo quien ora.
EI Rosario es una oración incomprensible para el hombre de "buen “buen juicio”, como es cosa invomprensible repetir a un Dios a quien no se ve, mil veces al día, "Te amo"; pero es una oración, muy comprensible para los limpios de corazón, para quien está establecido "en el Reino", para quien vive las Bienaventuranzas.
Los orientales, almas altamente contemplativas, han desarrollado una oración litánica semejante a nuestro Rosario y le llaman la "oración de Jesús".
Se trata de repetir con paz el famoso "Kirie eleison".

Señor, ten piedad de mí que soy un hombre pecador;
Cristo, ten piedad de mí que soy un hombre pecador.

Y llegan en esta oración litánica a una gimnasia espiritual que gusta a su mentalidad, acompañándola rítmicamente con la respiración y con el latido del corazón.
A este respecto me hizo gran impresión la lectura de un volumen publicado en Francia. El peregrino ruso, acompañado más tarde por otro de un monje ortodoxo de la Abadía de Chevetogne: La oración de Jesús (Ed. Chevetogne).
Mientras la oración va escaseando en palabras y se va haciendo rica de contenido, la meditación se hace pesada y vacía de gusto.
Lo que antes era motivo de placer intelectual, ahora es causa de aridez y sufrimiento.
Se tiene la impresión de que la vida interior ha experimentado una parada; a veces se piensa que, en vez de avanzar, se vuelve atrás. El cielo ha perdido sus colores vivos, el gris domina, la atmósfera del alma.
Se empieza a comprender qué significa "avanzar en la fe desnuda". Dichoso el que en ese momento de su evolución espiritual tiene un buen guía y más aún tiene la humildad de dejarse conducir.
No es fácil; porque la presunción de saber arreglárselas por sí mismo es cosa muy ordinaria en nuestra alma y sólo los buenos y repetidos tumbos la cortan a medida.
¿De qué depende esa aridez en la meditación, esa repulsión para fijar nuestro pensamiento en las cosas espirituales tomadas una después de la otra?
Evidentemente puede depender de alguna culpa nuestra, puede depender de alguna afición desordenada de nuestro corazón, de la falta de vigilancia de las espinas en que hemos dejado ahogarse el buen trigo.
No siempre la dificultad para meditar es señal de un progreso del alma hacia Dios, de un paso a una oración más elevada.
Pero, gracias a Dios, puede ser señal de eso. ¿Cómo distinguirlo?
Siempre el gran San Juan de la Cruz nos dice cómo.
Hay tres señales que indican el paso de la oración discursiva a la oración contemplativa.

  1. La actividad de la imaginación se hace sin gusto; más aún se hace imposible.
  2. La imaginación o los sentidos a no tienen ninguna inclinación a las cosas particulares. Ningún consuelo en las cosas creadas, ni gusto, ni sabor de nada.
  3. El alma le gusta quedarse sola con atención amorosa a Dios, en paz interior, tranquilidad y descanso, sin actos ni ejercicios de facultades.

Esta tercera condición es buena. Y si existe en el alma, justifica las otras dos. Es decir, si tengo dificultad en meditar las cosas de Dios, si no consigo ya fijarme sobre este o sobre aquel misterio de la vida de Jesús, sobre esta o aquella verdad, pero... tengo sed de quedarme solo y en silencio a los pies de Dios, inmóvil, sin pensar, pero en un acto de amor, significa... significa una gran cosa; y quiero hablar de ella aparte con calma, porque es uno de los secretos más hermosos de la vida espiritual.

Cartas del Desierto, cap. 7
Carlos Carretto
Ed. San Pablo

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